La complejidad de la simplicidad: una reflexión sobre la ambición, la satisfacción y el universo silencioso que existe entre ambos
- Elisa Broche
- 22 dic 2025
- 2 Min. de lectura

Quiero hablarte de mi amigo Josh.
Hay algo en la forma en que Josh mira el universo en esta foto, calmado, quieto, sin verse perturbado por las infinitas posibilidades que se extienden frente a él. No parece abrumado por su inmensidad, ni alguien que esté buscando desesperadamente algo más. Está ahí, en el momento, en la plenitud de ese momento. Y eso, en sí mismo, es una forma silenciosa de poder.
Josh es una de las personas más amables e inteligentes que he conocido. También es, en muchos sentidos, una de las más simples. No persigue cosas que no necesita, ni mide su valor por la lista interminable de logros que la sociedad nos dice que deberíamos acumular. Está en paz de una manera que me costó entender cuando lo conocí.
Yo siempre he sido alguien de grandes sueños. Quiero más, trabajo por más y siempre pienso en nuevas formas de expandir mi conocimiento a través de experiencias distintas a la anterior. Y durante mucho tiempo pensé que esa era la única forma de ser. La ambición era el motor de todas las grandes cosas, ¿no?
Pero Josh me hizo replantearme la narrativa que a todos nos han enseñado. No es que no tenga ambición; es que encuentra alegría en lo que ya existe.
Y eso plantea una pregunta. ¿Cuándo es bueno simplemente ser feliz con lo que la vida nos da?
La sociedad nos dice que empujemos, que luchemos, que nunca nos conformemos. Y yo creo en la aspiración. Creo en alcanzar las estrellas. Pero ¿qué sucede cuando ya tenemos todo lo que necesitamos y no lo valoramos porque estamos demasiado enfocados en lo que sigue? Josh no es ruidoso con sus pensamientos. No da largos discursos ni escribe ensayos sobre la filosofía de la satisfacción. Su manera de existir es su filosofía. Se expresa a su forma, a través de los chistes tontos que hace, de los desahogos sobre cualquier serie que esté viendo, o cuando escucha en silencio mientras yo hago casi todo el hablar.
Asumimos que una vida simple implica una mente simple, pero los pensadores más complejos suelen elegir la simplicidad. Es fácil perseguir cosas sin descanso. Es mucho más difícil quedarse quieto en medio de todo y decir: esto es suficiente.
Y tal vez eso es lo que esta fotografía captura. El momento en que la ambición se encuentra con la satisfacción, cuando miramos al universo no con miedo ni con desesperación, sino con la comprensión silenciosa de que ya somos parte de él.
Quizá lo más grande que podemos aprender de quienes eligen la simplicidad es que la vida no se trata solo de querer más. A veces se trata de reconocer que lo que tenemos ya lo es todo.


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